¿Qué tan grave es el problema en el mundo?
Las cifras internacionales son contundentes. Encuestas de la Association for Pet Obesity Prevention (APOP), realizadas con evaluación directa de veterinarios sobre la condición corporal de los animales, han reportado que cerca de un 59% de los perros y un 61% de los gatos en Estados Unidos presentan sobrepeso u obesidad (3, 4). Un estudio más reciente, que analizó condición corporal en cerca de 4,9 millones de perros y 1,3 millones de gatos atendidos en clínicas de Estados Unidos, confirmó cifras similares en la etapa adulta: alrededor de 53% en perros y 61% en gatos con sobrepeso u obesidad (5).
A nivel global, distintas revisiones señalan que la prevalencia de obesidad canina en países desarrollados varía entre 25% y 44%, con una tendencia sostenida al alza en los últimos años (6, 7). Una revisión publicada en la base de datos PMC describe que las tasas de obesidad en perros y gatos “han alcanzado proporciones pandémicas”, con aproximadamente un 30% a 40% de la población con sobrepeso u obesidad, y advierte que las consecuencias de salud —osteoartritis, enfermedad renal, resistencia a la insulina, neoplasias, entre otras— son comparables a las que se observan en humanos (8).
En el Reino Unido, los registros de clínicas veterinarias primarias muestran cómo la obesidad ha ido escalando en el ranking de enfermedades más diagnosticadas: en 2014 era el séptimo trastorno más prevalente en perros, y para 2021 ya ocupaba el tercer lugar, solo detrás de la enfermedad periodontal y la otitis externa (6).
La situación en Chile
Chile no es la excepción a esta tendencia mundial. El primer estudio retrospectivo realizado en el país, publicado en la Revista Chilena de Endocrinología y Diabetes a partir del análisis de fichas clínicas del Hospital Veterinario Universitario de Chile entre 2015 y 2018, encontró que un 26% de los caninos atendidos presentaba sobrepeso y un 19,3% obesidad, es decir, casi la mitad de los pacientes analizados tenía una condición corporal superior a la ideal. Los autores destacan que estas cifras son comparables a las reportadas internacionalmente, y que los perros adultos y de edad avanzada son los más afectados, con una asociación estadísticamente significativa entre la condición corporal y variables como raza y edad (9, 10).
Cifras más recientes, difundidas por el Colegio Médico Veterinario de Chile (Colmevet), indican que aproximadamente un tercio de los perros del país (33%) presenta sobrepeso u obesidad. Especialistas consultados por medios nacionales coinciden en señalar al sedentarismo, la sobrealimentación y el desconocimiento de los requerimientos nutricionales de cada raza como los principales factores detrás de este fenómeno (11, 12, 13).
A nivel institucional, la Subsecretaría de Desarrollo Regional y Administrativo (Subdere), en conjunto con la Escuela de Medicina Veterinaria de la Pontificia Universidad Católica de Chile, ha incorporado la obesidad como una de las condiciones a relevar en la Encuesta Nacional de Tenencia Responsable de Mascotas, reconociendo la falta histórica de datos epidemiológicos nacionales sobre el tema y la necesidad de generar política pública basada en evidencia (14, 15).
El rol del sedentarismo
El sedentarismo no es solo una consecuencia estética de la obesidad: es, al mismo tiempo, una de sus causas principales y un círculo vicioso que se retroalimenta. La obesidad es, en esencia, el resultado de un desequilibrio energético sostenido en el tiempo, en el que la ingesta calórica supera al gasto energético (16, 17).
La evidencia muestra que este círculo se cierra sobre sí mismo: los animales con sobrepeso desarrollan con mayor frecuencia y severidad osteoartritis, lo que reduce su movilidad y su disposición a hacer ejercicio espontáneo; esa menor actividad, a su vez, reduce aún más el gasto energético y favorece la ganancia de peso adicional, perpetuando lo que la literatura describe como el “ciclo obesidad-artritis” (18, 19).
Especialistas chilenos enfatizan que el ejercicio simbólico —sacar al perro solo el tiempo necesario para que orine— no es suficiente: se recomienda actividad aeróbica diaria de al menos 20 minutos para contribuir de forma efectiva al control de peso (12).
Consecuencias clínicas: por qué importa más allá de la estética
La obesidad en mascotas no es un problema cosmético. La evidencia científica la vincula con un amplio espectro de comorbilidades:
- Sistema musculoesquelético: mayor incidencia y severidad de osteoartritis, displasia de cadera y rotura del ligamento cruzado craneal (18, 20).
- Sistema endocrino y metabólico: resistencia a la insulina y diabetes mellitus, especialmente relevante en gatos (8, 16, 21).
- Sistema cardiorrespiratorio: mayor riesgo cardiovascular, hipertensión y, en razas predispuestas, agravamiento del síndrome braquicefálico y colapso traqueal (16, 21).
- Otras condiciones: enfermedad renal, lipidosis hepática (particularmente grave en gatos), pancreatitis, urolitiasis, enfermedad periodontal, ciertos tipos de neoplasias y mayor riesgo anestésico-quirúrgico (8, 16, 17).
- Calidad y expectativa de vida: un estudio clásico de seguimiento a largo plazo (Kealy et al., 2002) demostró que los perros mantenidos en restricción calórica controlada vivieron significativamente más años que sus pares con alimentación libre, además de presentar la aparición de enfermedades crónicas en edades más tardías (19, 20).
En conjunto, la evidencia respalda lo que hoy plantean asociaciones veterinarias internacionales como la World Small Animal Veterinary Association (WSAVA): la obesidad debe entenderse y tratarse como una enfermedad crónica recidivante, no como una condición menor (1, 8).